El resentimiento trágico de la guerra. memoria, violencia y cultura de la derrota en el País Vasco, 1937-1977
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Esta investigación se enmarca en el proyecto MINECO HAR2017-83955-P y el Grupo de Investigación IT-708-13.

Historiografía vasca y violencia franquista

El tratamiento histórico de la violencia franquista en el País Vasco se ha inspirado en el canon que representa a la comunidad nacionalista vasca como su destinataria privilegiada, que ha desembocado en la reciente recuperación por historiadores partisanos de la figura del “genocidio”1 . Este canon se sustenta en informes elaborados por los servicios de propaganda del Gobierno Vasco durante la guerra y el exilio, minutas diplomáticas, crónicas periodísticas y trabajos históricos de escaso rigor científico2 . Las investigaciones académicas reflejan, por el contrario, que la intensidad de la violencia homicida contra los derrotados (incluidos, pero no solo, los nacionalistas vascos) fue porcentualmente de las más bajas de España (en concreto la penúltima, solo por delante de Cataluña). Me refiero a la práctica de eliminación física, bien mediante ejecuciones extrajudiciales, bien mediante la aplicación de la jurisdicción de guerra y posguerra. El balance de víctimas mortales en Álava arroja la cifra de 193 asesinatos, la mayoría de acuerdo a patrones de violencia paramilitar y “espontánea”, no sujeta a control judicial. En Guipúzcoa, los cálculos estiman en torno a 500 personas asesinadas, la mayor parte tras la imposición de condena capital por la jurisdicción militar, concentrándose la violencia extrajudicial en el otoño de 1936 en que tuvo lugar un rápido avance del frente desde San Sebastián. En Vizcaya puede estimarse que el número de ejecutados se ubicaría por debajo de las 900 personas, la inmensa mayoría como resultado de la aplicación de condenas judiciales amparadas en el código de justicia militar del “Nuevo Estado” franquista3 . En total, para una población de 891.710 habitantes según el censo de 1930 (Álava, 104.176 habitantes, Guipúzcoa, 302.329, y Vizcaya, 485.205) se computan en torno a 1500 asesinados. Son cifras muy inferiores a las de la media española. Sólo en la ciudad de Sevilla hubo más asesinados que en todo el País Vasco, mientras en Huelva, provincia similar en población a Vizcaya, fueron asesinadas el triple de personas. Incluso en territorios en los que la sublevación militar triunfó y que tenían menor conflictividad política, como La Rioja, Navarra o la provincia de Burgos, hubo más asesinatos4 .

Las políticas de terror franquistas incorporaron diversas formas de violencia. La más drástica y que es referencial para estas contabilidades comparativas es el asesinato incontrolado en retaguardia (por grupos paramilitares o militares) o regulado por procedimiento judicial (mediante sentencias a muerte dictadas por tribunales militares), que es el terreno que enmarca las cifras anteriores. A ello habían de sumarse otra gran variedad de medidas punitivas: penas de muerte luego indultadas, penas de prisión de diversa duración, depuración profesional, multas económicas, expolio de propiedades y enseres o migraciones forzosas. A ello se suman otras formas de violencia de más difícil contabilidad: torturas y maltratos, humillaciones públicas, violencia sexual, etc. Lo que la nueva historiografía revela es que la equiparación entre el peso político de cada grupo victimizado y las cifras de la violencia solo puede hacerse en estas dimensiones complementarias de la violencia, no en la de las ejecuciones físicas. Es decir, comunistas, liberales republicanos, anarquistas y socialistas fueron asesinados en un porcentaje muy superior a los nacionalistas vascos de acuerdo a las cifras de militancia que tenía cada una de estas agrupaciones, mientras los nacionalistas vascos solo sufrieron una violencia equiparable a su peso social y político en el terreno de las penas de prisión y, especialmente, de las represalias económicas y laborales5 .

Una parte de la historiografía vasca, afín a presupuestos “partisanos”, es inmune a estos datos e insiste en mantener la interpretación canónica “exterminista” que convierte al nacionalismo vasco en la comunidad que más sufrió la violencia de los vencedores6 . Una constante de este relato mítico (masivamente “consumido” por historiadores anglosajones) es la ilusión sinecdoquial de que existe una “identidad vasca” objetiva frente a la cual se posicionó el “nuevo Estado” y que habría patrimonializado el nacionalismo local: “the assertion that state repression was no worse in the Basque Country than in, for example, Asturias or Madrid is misleading. Individual asturianos and madrileños may have suffered persecution as a result of their political affiliation, but in addition to political stigmatization, state persecution in the Basque Country also involved ethnic differentiation”7 . Esta peculiar afirmación implica reconvertir a la mayoría de los vascos que sufrieron la violencia franquista (dado que no eran nacionalistas) en meros “individuos” cuyo sufrimiento fue personal pero no grupal, como habría sido el caso de quienes sí militaban en el nacionalismo vasco. Esto permite colocar la violencia franquista como culminación de un continuo histórico de acuerdo al paradigma del “genocidio cultural”8 .

Este discurso historiográfico se sustenta reiteradamente en la violencia institucional ejercida contra la lengua vasca, cuyo monopolio de uso es (falsamente) atribuido a la comunidad nacionalista vasca. No es casual que no exista una sola investigación académica sobre esta cuestión pues, de nuevo, la memoria ha suplantado la investigación histórica. Los trabajos existentes se sustentan en el proselitismo etnonacionalista o bien en análisis descriptivos que evitan una valoración científica concluyente9 . De nuevo, el vacío historiográfico ampara una narrativa mnemónica que identifica identidad territorial, etnicidad y nacionalismo y objetiva una muy subjetiva experiencia de victimización colectiva. La eliminación del euskera del espacio público (de la educación y la administración, los medios de comunicación, el mundo asociativo e, incluso, la memoria fúnebre) ha sido abordada de forma enumerativa, sin ninguna capacidad analítica que la razone, contraste y contextualice, mucho menos que la cuantifique estadísticamente10 . En todos estos trabajos queda constancia que las directrices se sustentaron en bandos militares y reglamentaciones particulares y que no hubo una legislación lingüística que garantizara una práctica represiva sistemática. En todos se ignora también que la vuelta del euskera a una cultura oral separada de los espacios urbanos y de las experiencias modernizadoras no persiguió su desaparición, al menos mientras la sociedad rural tradicional siguiera reproduciéndose (y hay que tener en cuenta que el primer propósito del programa homogeneizador franquista fue, precisamente, asegurar esa reproducción, cosa que solo cambió en los años sesenta)11 . De hecho, su uso siguió siendo común en la vida local campesina. Y es que esta represión cultural fue contra la lengua vasca en tanto que pretendido bien cultural que era considerado favorable al “separatismo” por el nacionalismo militar y fascista de los rebeldes. Pero este no fue el mayoritario entre los franquistas vascos. Esto revela una potencial distancia entre el dictado de las leyes y las prácticas sociales que de ellas se derivaran. El análisis de la represión de la lengua vasca es, por tanto, un terreno abierto a una investigación rigurosa que aborde cuáles fueron los auténticos destinatarios de la violencia institucional contra la lengua (probablemente las clases medias urbanas de sensibilidad nacionalista vasca) y en qué proyecto nacionalizador se ubicaban estas políticas.

La destrucción de la República española

Un planteamiento más correcto que el singularizador por el que tradicionalmente ha apostado la historiografía debería ser inscribir lo ocurrido en el País Vasco en el contexto general de guerra civil y de asentamiento del “nuevo Estado”. Existe un debate historiográfico abierto acerca de si la estrategia de violencia del bando sublevado respondió a un “plan de exterminio” o “práctica genocida” inspirados en estrategias de homogeneización nacional que ya habían sido puestas en marcha por otros estados totalitarios12 . Lo sugerente de este debate es que introduce en el País Vasco una dimensión, la de la disputa interna por la idea de España, alternativa a la narrativa canónica que incide en un conflicto entre el nacionalismo vasco y el español. En este terreno de debate, lo ocurrido en el País Vasco muestra dos cosas: que sí parece que hubo un plan de exterminio, cuanto menos cultural, ejecutado por el “nuevo Estado” y fundado en prácticas de violencia política y terror social; pero que este no fue diseñado contra el nacionalismo vasco, por mucho que le afectara. Su objetivo fue erradicar la “tradición liberal” de la República. La izquierda obrera y liberal participaba de ella y de su poderosa cultura nacionalista española, y fue la verdaderamente borrada del País Vasco (como del resto de España). Así lo revelan los datos aludidos acerca de la violencia política practicada por los sublevados en la retaguardia y tras la conquista de territorios, así como los referidos a las estrategias de reubicación de los represaliados en la nueva sociedad. Datos que muestran que la “lógica de la victoria” apartó tanto a republicanos como a nacionalistas vascos del espacio político en beneficio de los vencedores, especialmente de los tradicionalistas católicos13 . Pero también que una buena parte de los vencidos, sustancialmente de orientación nacionalista vasca, pudo reubicarse en la sociedad civil. Instituciones de carácter cultural y deportivo y, sobre todo, el potente entramado asociativo de la Iglesia Católica, desde las asociaciones de padres de familia hasta la Acción Católica, fueron los vehículos de esta resocialización pública14 . Lo mismo ocurrió en el mundo del trabajo, en donde, pese a las multas económicas, buena parte de la militancia del PNV encontró rápido acomodo. La memoria local diferencia perfectamente el trato laboral dado a los vencidos según fueran “católicos” (nacionalistas) o “marxistas”. Por otro lado, esta diferencia permite interpretar el patrón de emprendimiento empresarial ya en los años 40 y, notablemente, en los 50, en donde los informes internos del PNV detectaban una implicación masiva de sus simpatizantes en una actividad industrial en expansión, sustentada en un marco tan restringido de derechos laborales que garantizaba el rápido enriquecimiento de los más audaces. No está de menos recordar que todo negocio que se pusiera en marcha requería de un prolijo papeleo administrativo en el que no era ajena la revisión del pasado del emprendedor, especialmente su implicación en la “causa nacional”15 .

El mayor porcentaje de ejecuciones de “rojos” respecto del de “separatistas” y la mayor dificultad de reubicación de los represaliados bajo esa acusación en la nueva sociedad (en la que pesó la decisiva falta de respaldo local y eclesiástico) refleja el auténtico sentido nacionalizador que tuvo esta violencia. El apelativo “rojo” fue destinado a tipificar banalmente, en los discursos y prácticas de terror del “Nuevo Estado”, un variado repertorio de ideologías, identidades y opciones políticas, que agrupaba desde socialistas radicalizados, comunistas o anarquistas que respaldaban la República como antesala de la revolución obrera hasta liberales demócratas o socialistas moderados que la contemplaban como el régimen político ideal, pasando por masas de ciudadanos desconectados de la política e incorporados, por múltiples circunstancias, a esta condición. Todos fueron integrados en una identidad que les era atribuida en el frente y la retaguardia, sin que importara si se reconocían en ella o no. Esta identidad incorporaba una matriz de “ateísmo” que les dotaba de rasgos biológicos que los animalizaban y convertían en un sujeto destinado a su eliminación, extrañamiento o expiación pública de sus “pecados”16 .

Consiguientemente, la derrota republicana fue, frente al caso de la nacionalista vasca, total. Esto significó la pérdida del pasado, de la identidad colectiva y de cualquier proyecto de futuro. La comunidad nacional republicana fue convertida en una suma de individuos diezmados física, económica y psicológicamente, afectados por el paso de la cárcel, por la imposibilidad de recordar a sus propios caídos e, incluso, de honrarlos en el cementerio. Individuos aislados, carentes de instrumentos con los que imaginarse como nación y narrar de acuerdo a ella sus vidas. Solo una vez logrado este grado total de destrucción comunitaria se puso en marcha una política de reasimilación parcial a la comunidad nacional oficial, sustentada en la legislación de perdón, revisión y conmutación de penas en los años cuarenta. Fue entonces cuando empezó el proceso de adaptación y amnesia de los republicanos supervivientes17 . Un reciente ensayo biográfico ha indagado en esta disolución en el silencio, el anonimato y el olvido, de la comunidad republicana18 . Manuel Tuñón de Lara la había constatado en uno de sus ensayos contemporáneos: “la transposición del terror (…) era observable en aquellos antiguos combatientes republicanos que, subconscientemente, acaban por aceptar en sus conversaciones el autodenominarse “rojos”; yo he oído a una pobre mujer, con el marido preso, decir mecánicamente: “Cuando nos liberaron en marzo”19 .

La memoria nacionalista de la Guerra Civil

La comunidad nacionalista vasca no desapareció como en el caso de la republicana. Pese a la prohibición de las organizaciones nacionalistas, de sus símbolos y cultura pública, esta comunidad pudo reproducirse en una serie de espacios semipúblicos (sociedades deportivas, asociacionismo católico, parroquias religiosas)20 . Su memoria colectiva, sin embargo, se vio alterada dado que en esos espacios no se podía difundir una evocación nacional del pasado que no fuera la oficial, lo que convertía el hogar familiar en el único ambiente cerrado que permitía compartir la identidad en un marco cerrado, en el que se conservaban retratos de Sabino Arana o del presidente de la fracasada autonomía vasca, José Antonio Aguirre, así como ikurriñas, libros y publicística de preguerra o del exilio.  

Entre 1937 y finales de los 60 se configuró una “sociedad del silencio”, en donde la memoria de la guerra no era trasladada abiertamente a la nueva generación. Este silencio fue una estrategia de comportamiento social que amparó el intento de recrear una cierta disidencia en espacios cerrados de sociabilidad (cuadrillas, familias). El “nosotros” que se recreaba no era el de la República, lo que hubiera implicado la consideración de los otros vencidos marxistas, libertarios o liberales, sino el de la nación vasca. “Nosotros” eran “los nuestros”, quienes compartían un mismo código de identificación colectiva. La perspectiva cerrada de este código abstraía en “los otros” no solo a los fieles o consentidores del nuevo régimen. También a los otros vencidos, que precisamente por su brutal desaparición perdieron cualquier significado simbólico.

Anna Maria Maiolino, Por um Fio from Photo-poem-action (fotopoemação) series, 1976-2010.

Anna Maria Maiolino, Por um Fio from Photo-poem-action (fotopoemação) series, 1976-2010. Black and White photograph and digital print

(52×79 cm).

Este silencio pudo representar un comportamiento lógico para evitar profundizar en un relato incómodo sobre el pasado que tendría que haber tocado la victimización vivida por los “otros vencidos” y las diversas y (poco épicas) estrategias de supervivencia puestas en marcha por “los nuestros”. Tendría, en definitiva, que haber abordado la oscura dimensión civil que tuvo la guerra. Esta era diametralmente opuesta al relato épico articulado en la dualidad pueblo vasco/España e invadidos “vascos” frente a invasores fascistas que la propaganda de guerra del gobierno autonómico había definido como trama del recuerdo, que el exilio había fijado como canon narrativo y que la comunidad nacionalista vasca mantuvo en su difusa memoria oral de la guerra. Silencio y mentira, por tanto, interconectaron en esos años de dura posguerra, por cuanto silenciar los hechos vividos permitió la reproducción de la narrativa canónica que la comunidad había fijado en el proceso de transmisión de una memoria oral de Guerra Civil de la generación que la conoció a aquella que no la podía recordar. Esta narrativa descansaba en el victimismo exacerbado y la épica gloriosa vinculada a la figura narrativa del “gudarismo”: la exaltación de los gudaris, los soldados enrolados en las milicias que el PNV levantó durante la guerra, mitificados y convertidos en el símbolo más auténtico de la permanencia y moralidad de la nación vasca21 .  

En los años 50 y 60, un nuevo relato de la nación vasca comenzó a elaborarse y requirió de una evocación más explícita de la Guerra Civil. Primero, porque la memoria colectiva de este suceso se estaba transformando a medida que se distanciaba cronológica y generacionalmente de los hechos que se evocaban. Los discursos de ciertos entornos reformistas cercanos al régimen y de la oposición, especialmente el Partido Comunista, comenzaban a concertarse en torno a una culpabilización colectiva destinada a facilitar una reconciliación que permitiera reformar el régimen y democratizarlo, proyecto que sería asumido por las elites políticas que condujeron la futura transición a la democracia. Esto permitió una evocación pública más abierta  de la guerra. A la par, en el País Vasco estaba teniendo lugar una prosperidad económica extraordinaria que requirió de la llegada de cientos de miles de inmigrantes y de una transformación de la geografía social y económica. El proceso de industrialización y urbanización acelerada fue general en todos los territorios y benefició a la comunidad nacionalista, que sacó amplio partido de la prosperidad generada por la liberalización económica, el crecimiento productivo y la llegada masiva de inmigrantes sin derechos laborales. Este crecimiento de la riqueza bajo una dictadura aparentemente “antivasca” constituía una contradicción para una comunidad que apenas había planteado confrontación alguna con el régimen.  Además, era necesario ofrecer un relato total del pasado a las nuevas generaciones y a quienes llegaban a establecerse en estas tierras huyendo de la pobreza y la crisis del mundo rural. Este relato debía interpretar el proceso de modernización que estaba teniendo lugar, que radicalizó la crisis del euskera pues, ahora sí, esta lengua permanecía apartada del nuevo proyecto abiertamente transformador del mundo rural que la dictadura, en un clima de Guerra Fría, había puesto en marcha gracias al patrocinio de los EE.UU. y de las potencias occidentales22 .  

Este fue el marco social de la memoria elaborada por una nueva generación nacionalista que carecía de recuerdo propio de la guerra. En ella una conciencia agónica de la derrota era imaginada de la mano de los sufrimientos del grupo familiar (muerte, exilio, cárcel, multas, pérdida del empleo o de la influencia social), normalmente mal comunicados y que se referían a un tiempo que resultaba muy lejano. Los silencios o mentiras de la generación que había hecho la guerra sirvieron para magnificar en la más joven el repertorio de frustraciones que percibían en los mayores, que ignoraba cualquier otro sufrimiento que no fuera el de la comunidad nacional propia23 . Esta nueva memoria ha sido calificada como “imprecisa, elíptica e hiperbólica” y fue el resultado de una radicalización nacionalista impulsada por un nuevo imaginario revolucionario marxista y tercermundista24 . Historiadores y sociólogos han subrayado el choque ideológico entre la generación nacionalista de la guerra y la de la posguerra. Pero este no afectó a las formas del recuerdo. El neonacionalismo vasco simbolizado por ETA se formó en torno a un nuevo patriotismo de resistencia armada como instrumento regenerador de la nación. Su dimensión mística se la dio la guerra civil de la mano de la figura del gudari, sobre la que se había creado un abigarrado culto tanto en el exilio como en los espacios cerrados de la comunidad (grupos de parroquia y de tiempo libre, asociaciones, familias) mediante charlas, canciones o evocaciones idealizadas de miembros de la generación más mayor25 . Las nuevas juventudes del PNV radicalizadas editaron una revista con el mismo nombre y se imaginaron como continuadoras del legado de los míticos gudaris26 . En paralelo, los jóvenes miembros de un grupo patriótico clandestino llamado Ekin que luego fundarían ETA llegaron a sellar su compromiso con la patria jurando sobre un ejemplar de la revista que, con ese nombre (Gudari), había sido editada por el servicio de propaganda del Gobierno vasco durante la guerra27 . Estos primeros militantes de ETA se veían como nuevos gudaris, de nuevo en lucha28 . Una vez creada ETA la mención a esta figura guerrera continuó presente como vínculo de la nueva lucha con la pasada: “cumpliremos con el deber de ser leales al recuerdo de los gudaris, que murieron en la guerra y al heroísmo de nuestros compañeros de hoy”, escribía uno de sus miembros en 196229 .

El órgano de comunicación de ETA, la organización clandestina que simbolizó este nuevo nacionalismo, se refería desde estos primeros años a la guerra civil desde la narrativa matriz que el PNV había canonizado: una invasión española que culminaba una agresión secular y que había forzado a una resistencia mártir simbolizada en Guernica y en los gudaris. Esta invasión había generado un “crimen de genocidio” contra el pueblo vasco. La memoria oficial victimista y agónica que la comunidad de memoria formada por el clandestino Partido Nacionalista Vasco había compartido fue, simplemente, reformulada desde una ideología marxista-leninista y anticolonial. En esa memoria lo que se olvidaba era tan importante como lo que se recordaba de manera que, como en el caso de uno de los militantes de esta primera generación de ETA, Mario Onaindia, que provenía de una de las familias que formaban esa comunidad, los sufrimientos imaginados de un padre silencioso ante lo ocurrido en el pasado terminaron alimentando el anhelo de venganza del hijo. Esta nueva memoria colectiva facilitó la adecuación del nacionalismo vasco al nuevo ciclo de protesta política y social contra la dictadura. Se trataba de una memoria útil con la que recordar un pasado no vivido a partir de la experiencia del presente, dotando a esta (y a los héroes que la protagonizaban) de un sentido (nacional) sagrado, épico y trascendente30 .

La capacidad performativa de esta memoria convertida en zona de confort del nuevo nacionalismo vasco la testimonia el escritor Bernardo Atxaga cuando alude a su niñez, a principios de los 60, y recuerda cómo “veíamos lo que necesitábamos ver, y nada más”. En esa memoria cerrada no solo se había abstraído el sufrimiento de los otros republicanos (los liberales, los marxistas, los anarquistas), sino la misma existencia de compatriotas enemigos. Su trama sinecdoquial (los gudaris nacionalistas representaban a la totalidad de los vascos) había abstraído a “los otros”, lo que permitía negar el componente civil que había tenido la guerra. Este hubiera afectado la retórica victimista que esta nueva generación iba a utilizar para legitimar su práctica de la violencia31 . Existía cierta lógica histórica en esta evocación pues, por entonces, el carlismo estaba en trance desaparecer y, con él, las bases sociales más numerosas del franquismo vasco. Mientras el nacionalismo vasco se reproducía sus compañeros republicanos y socialistas habían sido destruidos y sus “hermanos de leche” carlistas comenzaban a desaparecer. Su evocación del pasado comenzaba a carecer de contrapesos en otras memorias comunitarias que le disputaran el relato32 .

El cambio social fue el agente destructor del carlismo, al transformar el espacio rural y la memoria oral que habían canalizado su reproducción. Y este cambio, cifrado en un proceso de industrialización y urbanización sin precedentes que aceleró la migración de los campesinos nativos a las nuevas ciudades y áreas industriales ya en los años 50, terminó impulsando un movimiento migratorio desde otras partes de España que buscó cubrir las necesidades de los industriales y emprendedores empresariales y generó una transformación del paisaje rural e industrial. Los dos movimientos fueron consecutivos y generaron un sentimiento de superioridad de unos campesinos mayoritariamente vascoparlantes recién incorporados al mundo urbano y transformados en una acomodada clase media respecto de una emigración campesina extraña, de habla castellana o gallega, que era vista casi como una invasión.

Este cambio social incentivó la crisis del euskera, desaparecido de los espacios urbanos por las directrices represivas de posguerra pero que se había mantenido en los rurales. Esta experiencia indujo a la nueva generación nacionalista a canalizar hacia el terreno de la lengua vasca una retórica de victimización colectiva tomada de la generación anterior. De ahí la importancia esencial de la lengua en la primera generación de ETA33 . La defensa de la lengua fue el eje de una narrativa de desposesión de la nación que permitía a la nueva generación reelaborar el recuerdo prestado de la guerra civil, interpretando la represión de la cultura en lengua vasca desde el panorama de agonía cultural que contemplaban en los entornos tradicionalmente vascoparlantes que comenzaban a albergar a poblaciones castellanoparlantes y que estaban siendo modernizados de acuerdo a las pautas del nuevo desarrollismo impulsado por el Estado. La propia llegada de inmigrantes dotó de sentido el clásico relato que el nacionalismo vasco había canonizado desde sus orígenes: un pueblo sometido a una invasión militar que la Guerra Civil había reforzado y que ahora adquiría un componente de colonización y disolución de las señas de identidad en un contexto en el que este nacionalismo comenzó a inspirarse en los patrones de la nueva izquierda revolucionaria de 1968 (año en el que la nueva organización ETA comenzó a asesinar)34 .

Posmemoria y cultura de derrota

A la memoria de la guerra cada generación nacionalista añadió diferentes significados: la que la vivió plasmó en ella, de la mano del silencio y el victimismo épico, su experiencia de frustración y terror ante la derrota; mientras, la de la posguerra la utilizó como instrumento de protesta política y denuncia de una identidad que interpretaba como expoliada, convirtiéndola en una “posmemoria”35 . Su narrativa nacional autorreferencial sirvió para conectar ambas generaciones. Los jóvenes no habían conocido ese tiempo y completaron los silencios (o mentiras) de los padres con la proyección en el pasado de sus experiencias del presente36 . Por lo demás, esta posmemoria de la guerra actuó, en último término, como cauce legitimador de la práctica armada de la nueva organización que simbolizaría este nuevo nacionalismo: ETA. La evocación que sus militantes hicieron de la guerra, de acuerdo a una narrativa de expropiación de la identidad que reinterpretaron de acuerdo a las teorías de la liberación nacional y la revolución marxista, tuvo como fin dotar de lógica política a su práctica de la violencia, que terminó materializándose en 1968. Y esta práctica violenta fue aceptada por la generación de la guerra, por unos padres que no entendían pero “comprend[ían] [y] ayuda[ban]”37 .

Esta posmemoria canalizó una experiencia de derrota que la primera generación experimentó desde la resiliencia y la segunda lo hizo desde la protesta violenta y la cultura política homicida. La conexión entre memoria y posmemoria de la guerra, entre resiliencia y violencia, reside en una cultura de la derrota sostenida por una narrativa de pérdida articulada en tres mitos interconectados: la Causa perdida (el Estatuto de autonomía de 1936 como proyecto de independencia vasca), la ilusión de invencibilidad (reflejada en la glorificación del gudari y en la justificación de la rendición de las tropas nacionalistas vascas en Santoña como una respuesta al supuesto abandono por el Gobierno republicano) y el sueño de venganza, que será el aporte específico que la generación de la posguerra proporcionó a esta cultura: “such myths (…), arising from frustrated desires for revenge, are the psychological mechanisms for coming to terms with defeat”. La emoción que esta cultura alimentó fue el resentimiento, que solo es posible cuando la derrota es consecuencia de una rendición condicional, que es como la comunidad nacionalista recordaba el Pacto de Santoña. Y es que el grado de derrota marca la intensidad con que la cultura (nacional) que se crea en torno a esta nutre la práctica (nacionalista) de la violencia: “As long as losing nations have an intact national identity at their command, they will stubbornly refuse to comply with the victor’s demands for moral and spiritual surrender through demonstrations of regret, conversion, and willingness to be re-educated. This situation is different when, together with the physical properties of a nation, its spiritual and moral backbone has been broken”38 .  

Lo que planteo con esta interrelación entre nacionalismo vasco, posmemoria, cultura de derrota y violencia política es un acercamiento diferente a la comunidad nacionalista vasca del tardofranquismo y de la transición a la democracia, cuyo sector más izquierdista y radicalizado alimentó un proceso de “brutalización de la política” que afectó seriamente la construcción de la democracia en el País Vasco y que ha sido felizmente comparado con lo ocurrido en Europa tras la Primera Guerra Mundial39 . La violencia impuesta por los vencedores católicos y fascistas en la Guerra Civil había afectado a los republicanos vascos en sus diversas familias políticas de forma mucho más intensa que a los nacionalistas. Destruidos física y moralmente, fueron incapaces de generar una memoria resentida. Lo opuesto ocurrió en el caso de los nacionalistas, que sobrevivieron como “comunidad de memoria” gracias a un castigo más limitado y una más fácil reinserción social y económica. Consiguientemente, y frente a la interpretación aún canónica en el espacio público, el vigor de la cultura de la derrota del nacionalismo vasco es inversamente proporcional a la violencia represiva que soportó. Esto permite entender el contenido romántico, idealizado y resentido de las memorias personales recopiladas por sociólogos como Ander Gurrutxaga o Alfonso Pérez Agote, antropólogos como Joseba Zulaika o historiadores como Fernando Martínez-Rueda: “The ‘cause’ for the war is not removed after a defeat. You may be defeated, but the ‘rightness’ of the cause will not be eradicated; you may die, but the heroism of your death will never be ‘wrong’; winning does not add anything essentially new to the truth of the cause”40 .

El trauma de la guerra sirvió como ligazón de la memoria de la comunidad nacionalista vasca41 . Lo hasta ahora ignorado es que esta interpretación resentida del pasado es propia de quienes no han visto desaparecer su comunidad política. La guerra se convirtió en un surtidor de terribles recuerdos más o menos contenidos en forma de silencios o susurros por la primera generación pero que pudieron alimentar historias seductoras con que narrar la nación a las nuevas generaciones: historias trágicas y épicas dirigidas a exaltar la virtud de la comunidad propia y a proponer una nueva lucha violenta en que las victorias del enemigo pudieran ser revertidas en forma de derrota42 . Creo, pues, del todo incorrectas interpretaciones aún clásicas en la historiografía, especialmente en lengua inglesa, como la siguiente: “the [Basque nationalist] ‘emerging’ generation (…) could neither forgive nor forget these atrocities and the impending menace of destruction of the Basque heritage”43 . Lo que hubo fue la transmisión de un recuerdo selectivo, destinado a ocultar un pasado de división en torno a la identidad local, traición a la República y sometimiento a unos vencedores que eran no unos “invasores” sino vecinos, amigos y parientes.

En el nuevo tiempo de cambio social de los años 60, cuando la comunidad local franquista estaba desapareciendo, el programa nacionalizador estatal estaba cambiando y las otras memorias de derrotados ya no existían, el único recuerdo colectivo que pudo progresar fue el nacionalista. Este, además, estaba fundado en un mito antifascista muy prestigiado en esos años y que conllevaba una idealización étnica del conjunto del “pueblo vasco” muy atractiva a la hora de conectar el recuerdo tradicional de la guerra de los fieles al PNV con las nuevas necesidades de una juventud revolucionaria y antifranquista y de nuevos grupos sociales, en buena medida de origen emigrante, que precisaban de un recuerdo estandarizado que compartir y que actuaban desligados, si no enfrentados, a este partido. Desde 1968 la violencia practicada por los jóvenes militantes de ETA reforzó esta absolutización del recuerdo nacionalista y su conversión en memoria colectiva de los vascos, debido, por un lado, a la nacionalización (vasca) del antifranquismo local impulsada por el Juicio de Burgos y, a la par, a la estrategia renacionalizadora que tuvo esa misma violencia44 .

Conclusión

He planteado en este texto que la narrativa canónica acerca del pasado reciente del País Vasco está sujeta, en la actualidad, a la plantilla mnemónica del nacionalismo vasco que monopoliza el poder político en este territorio desde el final de la dictadura. He propuesto que este ejercicio de selección (e invención) del recuerdo se inició durante el franquismo en el seno de esta “comunidad de memoria” y tuvo como fin difundir una representación victimista en tanto que auténtica perdedora de la guerra. Para ello se incentivó el olvido de otros perdedores y de los (masivos) respaldos locales a la dictadura. La historiografía vasca se adecuó perfectamente (como en tantas otras vertientes) a esta memoria colectiva que comenzó a ser institucionalizada de la mano de las políticas del recuerdo impulsadas por las instituciones autonómicas. De ahí que sea una historiografía que, en su análisis del franquismo, sufre un considerable retraso respecto de la de otros territorios españoles y ello no es casual sino el reflejo del inmenso peso que la memoria colectiva ha tenido en la forma en que los vascos recuerdan su pasado reciente (y de la facilidad con que los historiadores profesionales modulan su discurso y lo adaptan a la memoria hegemónica)45 .  

Lo que poco a poco la nueva historiografía vasca cuenta contradice el canon oficial. La Guerra Civil fue una guerra también entre vascos, los episodios de violencia de retaguardia fueron muy equilibrados entre los dos bandos y sólo se desequilibraron en la posguerra, afectando especialmente a los republicanos, cuya tradición política y cultura nacional resultó destruida. Ello no ocurrió con los nacionalistas vascos, pese a lo cual incentivaron un recuerdo en clave doliente, vampirizando el sufrimiento del conjunto de los derrotados. Fue precisamente su trato más benevolente respecto del resto de perdedores de la guerra, explicable por compartir una misma cultura política con los vencedores, lo que les permitió reformular una nueva memoria centrada en la derrota que alimentaría una posmemoria de signo revanchista. De esta cultura de resentimiento, alternativa ya en esos años sesenta en sus valores a la de los otros derrotados (instalada en criterios de olvido y reconciliación), surgiría ETA y el nuevo ciclo de violencia nacionalista que continuó en el proceso de transición a la democracia.

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1

Caso de Iñaki Egaña, El franquismo en Euskal Herria: la Solución Final, Andoain, Euskal Memoria Fundazioa, 2011; Xabier Irujo, Genocidio en Euskal Herria, 1936-1945, Pamplona, Nabarralde, 2015.

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2

Santiago de Pablo, «Historiografía: estado de la cuestión», en Jose Luis de la Granja y Santiago de Pablo (dirs.), Guía de fuentes documentales y bibliográficas sobre la Guerra Civil en el País Vasco (1936-1939), Vitoria, Publicaciones del Gobierno vasco, 2010, p. 47-49.

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3

Las investigaciones más importantes son: Pedro Barruso, Violencia política y represión en Guipúzcoa durante la Guerra Civil y el primer Franquismo (1936–1945), San Sebastian Hiria, 2005; Mikel Aizpuru (dir.), El otoño de 1936 en Gipuzkoa. Los fusilamientos de Hernani, Irun, Alberdania, 2007; Javier Gómez, Matar, purgar, sanar. La represión franquista en Alava, 1936-1945, Madrid, Tecnos, 2014; Erik Zubiaga, La huella del terror franquista en Bizkaia. Jurisdicción militar, políticas de captación y actitudes sociales, 1937-1945, Bilbao, UPV, 2017.

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4

Francisco Espinosa, « Sobre la represión franquista en el País Vasco », Historia Social, n° 63, 2009, p. 68-69.

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5

Javier Gómez, Erik Zubiaga, « Represión de guerra y posguerra en el País Vasco: cifras y letras », in A. Rivera (ed.), Naturaleza muerta. Usos del pasado en la Euskadi de después del terrorismo, Zaragoza, PUZ, 2018 (en prensa); Erik Zubiaga, « La represión franquista de guerra y posguerra en el País Vasco a debate: entre el exterminio y el oasis », Historia y Política, nº 37, 2017, p. 366-370.

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6

Erik Zubiaga, « La represión franquista de guerra y posguerra en el País Vasco a debate », Historia y Política, nº 37, 2017, p. 361-365; Joseba Louzao, Fernando Molina, «¿La casa del padre o la casa de los hijos? El lugar del historiador en un contexto postraumático, in A. Rivera (ed.), Naturaleza muerta. Usos del pasado en la Euskadi de después del terrorismo, Zaragoza, PUZ, 2018 (en prensa).

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7

Cameron Watson, Basque Nationalism and Political Violence: The Ideological and Intellectual Origins of ETA, Reno, Centro de Estudios Vascos, 2007, p. 174. Este tipo de interpretación etnoromántica es la adoptada por Paul Preston, El Holocausto español. Odio y exterminio en la Guerra Civil y después, Barcelona, Debate, 2011, p. 565-74.

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8

Como plantean Xabier Irujo e Iñigo Urrutia, Historia jurídica de la lengua vasca, Oñate, IVAP, 2013, p. 12-13.

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9

El primer caso sería el de Irujo y Urrutia, Historia jurídica de la lengua vasca; el segundo el de Santiago de Pablo, « La lingua vasca durante la dittatura franchista: repressione, resistenza e identitá nazionale», Storia Contemporanea in Friuli, 38, 2007, p. 123-144.

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10

Un ejemplo es: Xabier Irujo, Iñigo Urrutia, Historia jurídica de la lengua vascaInstituto vasco de administración pública, 2014, p. 358-409.

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11

Fernando Molina, Antonio Miguez, « The persistence of the rural. Peasant imagery, social change and nationalism in Spain, 1939-1978 », Revue européenne d’Histoire, vol. 23, n° 4, 2016, p. 686-706.

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12

La propuesta más sólida es la planteada por Antonio Miguez, La genealogía genocida del franquismo: violencia, memoria e impunidad, Madrid, Abada, 2014. Una interpretación de sus propuestas en el terreno específico de la nacionalización de masas en Fernando Molina, José A. Pérez, « Violencia y nacionalización de masas: el Franquismo », in F. Molina, F. Luengo (eds.), Los caminos de la nación. Factores de nacionalización en la España contemporánea, Granada, Comares, 2016, p. 121-147 y en Fernando Molina, « La reconstrucción de la nación. Homogeneización cultural y nacionalización de masas en la España franquista, 1936-1959 », Historia y Política, 38-2, 2017, p. 23-56.

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13

Antonio F. Canales, Las otras derechas. Derechas y poder local en el País Vasco y Cataluña en el siglo XX, Madrid, Marcial Pons, 2006, p. 235-245.

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14

Pedro Barruso, « Del pretorianismo militar a la democracia orgánica. Poder municipal y nuevo Estado en Guipúzcoa », Actas del IV encuentro de investigadores del franquismo, Alzira, 7 i Mig Edicions, 1999, p. 152, p. 156-157; Cándida Calvo, « Los límites del consenso franquista en Guipúzcoa. Las actitudes del nacionalismo vasco, 1936-1942 », II Encuentro de investigadores del franquismo, Alicante, Universidad de Alicante, 1995, p. 31-33.

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15

La memoria local sobre el diverso trato a los vencidos en Sarryin Kashmir, The Myth of Mondragón. Cooperatives, Politics, and Working-Class Life in a Basque Town, Nueva York, State University of New York Press, 1996, p. 60-61; la implicación del nacionalismo vasco en los negocios de posguerra en Manuel González Portilla, José M. Garmendia, La posguerra en el País Vasco: política, acumulación, miseria, San Sebastián, Kriselu, 1988.

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16

Fernando Molina, José A. Pérez, « Violencia y nacionalización de masas: el Franquismo », in F. Molina, F. Luengo (eds.), Los caminos de la nación. Factores de nacionalización en la España contemporánea, Granada, Comares, 2016, p. 127, p. 138; Antonio Miguez, La genealogía genocida del franquismo: violencia, memoria e impunidad, Madrid, Abada, 2014, p. 98, p. 123.

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17

Antonio Cazorla, Fear and Progress. Ordinary Lives in Franco’s Spain, 1939-1975, Oxford, Willey, 2010, p. 32-35.

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18

Jon Juaristi, María Pino, A cambio del olvido. Una indagación republicana (1872-1942), Madrid, Tusquets, 2010.

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19

Manuel Tuñón de Lara, José A. Biescas, España bajo la dictadura franquista, Barcelona, Labor, 1980, p. 458.

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20

Ander Gurruchaga, El código nacionalista vasco durante el franquismo, Barcelona, Anthropos, 1985, p. 311-382.

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21

Gaizka Fernández, La voluntad del gudari. Génesis y metástasis de la violencia de ETA, Madrid, Tecnos, 2016, p. 145-154; Fernando Martínez Rueda, « Telesforo Monzón, el nacionalismo vasco y la Guerra Civil: Historia y Memoria », Revista Universitaria de Historia Militar, 2018 (en prensa).

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22

Fernando Molina, Antonio Miguez, « Boinas, zuecos y política. Reruralización ideológica e identidades española, gallega y vasca », in D. Lanero (eds.), Por surcos y calles. Movilización social e identidades en Galicia y el Pais Vasco, 1968-1980, Madrid, La Catarata, 2013, p. 212-226; Lorenzo Delgado, « Modernizadores y tecnócratas. Estados Unidos ante la política educativa y científica de la España en desarrollo », Historia y Política, nº 34, 2015, p. 113-146.

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23

Cameron Watson, Basque Nationalism and Political Violence: The Ideological and Intellectual Origins of ETA, Reno, Centro de Estudios Vascos, 2007, p. 174-176; Alfonso Pérez Agote, The Social Roots of Basque Nationalism, Reno, University of Nevada Press, 2006, p. 95-98.

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24

Antonio Rivera, Javier Gómez, « Siempre se recuerda lo que nunca ocurrió: represión franquista y memoria colectiva en el País Vasco », in A. S. Ferreira, J. Madira y Pau Casanellas (eds.), Violencia política no século XX, Lisboa, Instituto de Historia Contemporánea, 2017, p. 723.

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25

Gaizka Fernández, La voluntad del gudari. Génesis y metástasis de la violencia de ETA, Madrid, Tecnos, 2016, p. 155-156.

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26

Gaizka Fernández, La voluntad del gudari. Génesis y metástasis de la violencia de ETA, Madrid, Tecnos, 2016, p. 159-163.

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27

Gaizka Fernández, La voluntad del gudari. Génesis y metástasis de la violencia de ETA, Madrid, Tecnos, 2016, p. 163.

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28

Jesús Casquete, En el nombre de Euskal Herria. La religion política del nacionalismo vasco radical, Madrid, Tecnos, 2009, p. 206-211.

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29

Jesús Casquete, En el nombre de Euskal Herria. La religion política del nacionalismo vasco radical, Madrid, Tecnos,  2009, p. 163-164.

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30

Mario Onaindia, Guía para orientarse en el laberinto vasco, Madrid, Temas de Hoy, 2003, p. 212; Fernando Molina, Mario Onaindia, 1948-2003. Biografía patria, Madrid, Biblioteca Nueva, 2012, p. 82-87.

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31

Bernardo Atxaga, « De Euzkadi a Euskadi », in J. Beriain, R. Fernández (eds.), La cuestión vasca. Claves de un conflicto cultural y político, Barcelona, Proyecto A, 1999, 66; Paloma Aguilar, « The memory of the civil war in the transition to democracy: The peculiarity of the Basque case », West European Politics, nº 21-4, 1998, p. 16-17.

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32

Fernando Molina, «Intersección de procesos nacionales. Nacionalización y violencia política en el País Vasco», Cuadernos de Historia Contemporánea, vol. 35, 2013, p. 72.

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33

Alfonso Pérez Agote, La reproducción del nacionalismo. El caso vasco, Madrid, Siglo XXI, 1984, p. 90-92; Ander Gurruchaga, El código nacionalista vasco durante el franquismo, Barcelona, Anthropos, 1985, p. 323-328.

 

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34

Cameron Watson, Basque Nationalism and Political Violence: The Ideological and Intellectual Origins of ETA, Reno, Centro de Estudios Vascos, 2007, p. 156-157.

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35

Que debe interpretarse como “the experience of those who grow up dominated by narratives that preceded their birth, whose own belated stories are evacuated by the stories of the previous generation shaped by traumatic events that can be neither understood nor recreated’, en Marianne Hirsch, Family Frames: Photographs, Narrative and Postmemory, Harvard, Cambridge UP, 1997, p. 22.

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36

Antonio Rivera, Javier Gómez, “Siempre se recuerda lo que nunca ocurrió: represión franquista y memoria colectiva en el País Vasco”, in Ana S. Ferreira, J. Madira y Pau Casanellas (eds.), Violencia política no século XX, Lisboa, Instituto de Historia Contemporánea, 2017, p. 724.

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37

Alfonso Pérez Agote, La reproducción del nacionalismo. El caso vasco, Madrid, Siglo XXI, 1984, p. 97.

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38

Wolfgang Schivelbusch, The Culture of Defeat. On National Trauma, Mourning and Recovery, Londres, Granta, 2003, p. 26, p. 29.

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39

Fernando Martínez Rueda, “Telesforo Monzón, el nacionalismo vasco y la Guerra Civil: Historia y Memoria”, Revista Universitaria de Historia Militar, 2018, (en prensa).

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40

Joseba Zulaika, Basque Violence: Metaphor and Sacrament, Reno, University of Nevada Press, 1988, p. 33.

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41

Cameron Watson, Basque Nationalism and Political Violence: The Ideological and Intellectual Origins of ETA, Reno, Centro de Estudios Vascos, 2007, p. 157-166.

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42

Joseba Zulaika, Basque Violence: Metaphor and Sacrament, Reno, University of Nevada Press, 1988, p. 35.

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43

Daniele Conversi, The Basques, the Catalans, and Spain. Alternative Routes to Nationalist Mobilization, Reno, University of Nevada Press, 2000, p. 87.

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44

Javier Gómez, Erik Zubiaga, "Represión de guerra y posguerra en el País Vasco: cifras y letras", in Antonio Rivera (ed.), Naturaleza muerta. Usos del pasado en la Euskadi de después del terrorismo, Zaragoza, PUZ, 2018, en prensa; Fernando Molina, "Intersección de procesos nacionales. Nacionalización y violencia política en el País Vasco", Cuadernos de Historia Contemporánea, vol. 35, 2013, p. 76-84.

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45

Fernando Molina, José A. Pérez, “Presentación. La insorportable levedad de la nación en la historia vasca”, in F. Molina, J. A. Pérez (eds.), El peso de la identidad. Mitos y ritos de la historia vasca, Madrid, Marcial Pons, 2015, p. 15-18.

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