Desde el sur : la Revolución Rusa y América Latina

En noviembre de 2017, Carlos M. Herrera y Eugénia Palieraki organizaron en la Université de Cergy-Pontoise un coloquio internacional sobre La Révolution russe et l’Amérique latine : 1917 et au-delà, en el que participaron historiadores e historiadoras llegados de Francia, Rusia, Israel, Argentina y Chile. En ocasión de la próxima aparición de la obra surgida del encuentro, uno de sus participantes, Omar Acha, dialoga con Carlos M. Herrera sobre las perspectivas abiertas por la conmemoración del Centenario de 1917 visto desde América Latina.

Omar Acha – Tal vez sea conveniente explicar al público lector que esta conversación había sido pensada, originalmente, como un artículo sobre las expresiones generadas por el Centenario de la Revolución Rusa en publicaciones latinoamericanas. La idea general consistía en proveer informaciones y análisis que facilitaran comparaciones con estudios similares sobre otros continentes o países.

Desde lo que por mi parte había pensado para la idea original, la tarea inicial que deseaba emprender distinguía tres aspectos de las conmemoraciones de la Revolución Rusa en América Latina, tomando en consideración algunos casos (tal vez de Argentina, Brasil y México). Pensaba por « conmemoración » un concepto que incluyera diferentes planos de la representación histórica. En principio la presencia en la producción historiográfica reciente, es decir, en estudios sobre la pertinencia de ese acontecimiento para la investigación científica. La pregunta que tenía en mente era: ¿ qué « efectos »  o « recepciones »  tuvo un fenómeno mundial como la Revolución Rusa en un continente en apariencia tan alejado del escenario donde sucedieron los hechos ? En segundo lugar, relevar su lugar en las políticas de la memoria de las izquierdas latinoamericanas, pues fue allí donde la actividad de representación y evaluación de la Revolución Rusa fue principalmente realizada, sobre todo durante el año 2017. La interrogación era: ¿ qué centenarios de la Revolución en (la izquierda) latinoamericana ? En tercer lugar, encontraba interesante reconstruir, aunque fuera de un modo impresionista, si hubo repercusiones públicas del acontecimiento de 1917 más allá del ámbito historiográfico y de las izquierdas políticas. Pronto abandoné esta idea porque excedía el espacio disponible.

Ante la ausencia de libros dedicados al tema, como el publicado en España compuesto por una mayoría de estudiosos locales1 , me pareció una alternativa la búsqueda en revistas académicas que hubieran adoptado la decisión editorial de organizar dossiers relativos al centenario de la Revolución Rusa. Las que hallé fueron tres revistas argentinas (Prismas: Revista de Historia Intelectual, Avances del CESOR y Estudios: Revista del Centro de Estudios Avanzados), una publicación uruguaya (Claves: Revista de Historia), dos colombianas (Historia Crítica y Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura) y finalmente dos brasileñas (Tensões Mundiais y Estudos Históricos)2 .

No estoy seguro de que la investigación de estudios reciente provea materiales sobre los que sea viable un análisis detallado. ¿ Por qué veo problemática una evalución de conjunto ? Ciertamente, no porque numerosos de los estudios incluidos en los dossiers sean irrelevantes. Se debe a su formato y perspectiva. ¿ Tal vez también a las convocatorias o a que en el mundo académico tenemos el habitus incorporado que nos hace escribir papers incluso sobre tópicos que uno creería deberían suscitar otras interrogaciones ? Los trabajos incorporados a los dossiers pueden ser denominados « monografías » porque tienen como propósito establecer un conocimiento específico del pasado asociado a las repercusiones de la Revolución Rusa en ciertos países, y más exactamente en una ciudad, en algunas publicaciones periódicas, en un grupo político o en un pensador. Quiero insistir que llamarlas monografías no pretende subestimarlas. Enfatiza la dificultad para incorporarlas, desde el interior de sus argumentos, en una reflexión histórico-cultural más general. Me refiero a esa tarea que Hans Georg Gadamer llamó « el trabajo de la historia » o Wirkungsgeschichte, es decir, un diálogo entre el « horizonte » del pasado y nuestra realidad contemporánea que establezca una relación dinámica, productivamente « anacrónica » . 

En la revisión de los dossiers encontré tres conjuntos de temas de investigación. En primer lugar, la reconstrucción de las recepciones políticas organizadas alrededor de las repercusiones locales y, en particular de la formación de los partidos comunistas en América Latina. Hay estudios que incorporan el análisis de otras corrientes políticas : socialistas, anarquistas, sindicalistas revolucionarios. En segundo lugar, se ha indagado la recepción en el plano de las ideas y de los intelectuales. La figura del peruano José Carlos Mariátegui ha sido el caso más estudiado, aunque no fue el único. En todo caso, nos encontramos también al respecto confrontados con pesquisas orientadas a captar la recepción de un fenómeno exterior. En tercer y último lugar, se ha reconstruido la eficacia de la Revolución Rusa sobre otros actores de la historia local, tales como las derechas contra-revolucionarias, la emergencia del nacionalismo agresivo y del catolicismo integrista, así como la formación de las primeras experiencias que de una manera muy general podríamos llamar « populistas » en el sentido latinoamericano.

Para cerrar esta intervención, entiendo que la idea inicial de una revisión de las conmemoraciones y reflexiones históricas sobre la Revolución Rusa en América Latina es poco prometedora. En cambio, podríamos debatir sobre las preguntas o aproximaciones que serían productivas para pensar ese acontecimiento histórico, indudablemente en el centro de la historia global del siglo XX, desde nuestras situaciones actuales. Me refiero a las condiciones políticas e intelectuales : el Centenario de la Revolución Rusa podría ser una ocasión para pensar histórica y teóricamente – no solo « monográficamente » – cuestiones tales como la revolución, los fenómenos mundiales, la historicidad del referente « comunismo », entre otras.

Carlos M. Herrera – Distinguís tres aspectos de la conmemoración: el historiográfico, el memorial y el público. Incluso si no estoy seguro de discernir del todo lo que recubre exactamente tu tercera dimensión, estaría tentado de añadir un cuarto aspecto, el de la « celebración », que, como recordaba Jordi Canal con respeto a Cataluña, nos ubica en otra temporalidad, donde lo histórico conecta con el presente y el futuro, antes que situarse en el pasado –en ese sentido, y a contrario, el título del célebre ensayo de François Furet no era en modo alguno azaroso3 .

Volvamos al aspecto historiográfico, del cual comparto lo esencial de tu juicio. A la luz de estudios recientes, al menos si tomamos como base nuestro libro con Eugénia Palieraki4 , se podría al menos detectar una orientación que hoy quisiera subrayar, pues, más allá del carácter monográfico de esos trabajos, van en el sentido de una historia más general como la que vos reclamas con razón. En efecto, hacer una historia latinoamericana de la Revolución Rusa quiere también decir intentar repensar la historia del siglo XX latinoamericano a la luz de ese acontecimiento. O, lo que nos lleva a lo mismo: a afirmar que la historia de América Latina en el siglo XX no puede ser comprendida sin lo que esa Revolución produjo, incluso sobre otras experiencias revolucionarias que la habían antecedido en el subcontinente, como la Revolución Mexicana de 1910-1917. Esa lectura puede ser facilitada por el hecho de que el acontecimiento ruso de 1917 pone en acción, y como concentrado en esa temporalidad densa propia del acontecimiento revolucionario, lo universal y lo nacional, lo excepcional y lo normal, lo central y lo periférico… Esta óptica genera de entrada varias consecuencias en el plano historiográfico, comenzando por el hecho de que esa historia que queremos escribir no es únicamente la historia de los partidos comunistas, como tampoco aquella de los partidos políticos de izquierda.

Supone, incluso, una operación compleja desde el punto de vista historiográfico: partiendo de las repercusiones específicamente latinoamericanas de la Revolución Rusa, se podría captar mejor el alcance “mundial” del acontecimiento, sin resumir su significado a “europeo”, en una historia integral del siglo XX. El paso por América Latina permite, justamente, salir de una Revolución Rusa de proyecciones eurocéntricas que alimentaron hasta el presente lo esencial de la historiografía. Una historiografía que, si no le erramos demasiado con Eugénia, permanece en el estado en la que la dejó el giro de los años 1990, cuando se trataba, en substancia, de leer la Revolución Rusa al tamiz de los derechos humanos como horizonte político progresista. En cierto modo, ese paso por América Latina le quita su « universalidad » en tanto que modelo de revolución o de construcción de sociedad, aunque más no sea por poner de manifiesto las incrustaciones del « sur », o más exactamente de lo no-europeo. Incluso si la Revolución Rusa pudo aparecer desde ciertos sesgos como clausurando esa modernidad que se abre a mediados del siglo XVIII y que la semántica histórica ha nombrado como Sattelzeit.

Eso podría conducirnos a debates, como vos lo decís muy bien, sobre lo que recubre desde entonces la idea de revolución. Entramos aquí en una de las dimensiones que nos ofrece la gramática de la conmemoración como tal… ¿ Podemos todavía hoy utilizar la categoría moderna de « revolución » para nombrar el proyecto de un cambio radical de la sociedad ? ¿ Bajo qué condiciones ? Hay una dimensión moderna de la noción que servía para designar experiencias muy diversas, y sobre todo independientemente de su « triunfo» o no – se ha hablado de « Revolución Mexicana» pero también de revoluciones que « fracasaron » como la « Revolución Alemana », lo que explica además su permanencia en el vocabulario político del siglo XXI.

Por cierto, esta puesta en cuestión de una “universalidad eurocéntrica” solo concierne al aspecto normativo, teleológico del relato, que puede reconstruirse a escala global sobre otras bases. Y abrir incluso otros aspectos integrales, más allá de la conexión transnacional. Por ejemplo, diría que las derivas de la Revolución Rusa, allende la historia de los partidos comunistas, nos permitirá reencontrar una dimensión de Vita activa propia del siglo XX que encarnaba el ser comunista. Aquí se va más allá, yo creo, de la perspectiva que vos señalabas más arriba, ya que no se trata únicamente de historia política o historia de las ideas, incluso si nos hallamos en los primeros esbozos. Solo que esos estudios no son probablemente comprensibles sino en el horizonte político-intelectual abierto por el Centenario. Nuestro trabajo de historiador podría verse incluso facilitado por el hecho de que este Centenario no despertó celebraciones importantes –incluso en Rusia apareció integrado en otras dimensiones, más « nacionales » ante todo–.

Lo que me permite volver sobre otro aspecto que evocabas, la eficacia de los surcos (en creux) que deja la Revolución Rusa y que podría ser determinada bastante más allá de las fronteras comunistas. Digamos, de manera rápida, lo que generó sobre otras formas o proyectos políticas que aquellos emanados específicamente del hecho revolucionario, pero que de todos modos involucran lo social como problema y, más exactamente, la emancipación. Distinguiría, entonces, entre la dimensión de  “rechazo” de las derechas nacionalistas y otro aspecto “productivo”, donde podríamos situar al populismo latinoamericano y el Welfare State europeo post 1945. Ciertamente, estas últimas dimensiones guardan siempre un elemento instrumental –desviar a las masas obreras nacionales de un comunismo que de alguna manera se encarnaba materialmente en un lugar determinado–, o al menos un mismo punto de partida negativo (el no-comunismo). Pero la propia lógica de su despliegue lo conduce a autonomizarse, produciendo lo que se podrá llamar un cambio por integración social. Desde luego, permanecemos siempre en el siglo XX…

Para regresar por un instante sobre el alcance epistemológico de la conmemoración en la escritura de la historia, subrayaría esa escansión temporal que el Centenario de la Revolución Rusa habilita (¿facilita ?) para ubicarse en un tiempo diferente en relación con los relatos precedentes. Más sencillamente, la conmemoración es la ocasión de regresar de manera crítica sobre la historia hecha durante la virtualidad de ese proyecto, especialmente en tiempos de Guerra Fría. Nuestra idea, al organizar el coloquio a partir de su vínculo con América latina era la de reforzar esa perspectiva nueva, instalando una suerte de doble distancia…

Si el historiador debe mostrarse siempre alerta con respecto a toda celebración, esta no deja de abrir otras interrogaciones, no relacionadas únicamente al pasado sino a la posibilidad de pensar la idea de otra sociedad. Es lo que creo leer en las condiciones a las que te referís. ¿ Se puede utilizar todavía el nombre “comunismo” –como pregunta, según decía Lefort, o como la hipótesis de la que hablaba Badiou– para referirse a otras perspectivas de cambio radical en el siglo XXI ? Esos trabajos historiográficos, desconectándose de la historia de los partidos comunistas, de la experiencia soviética, etc., e incluso del modelo de revolución 1789-1989 pueden sin duda esclarecer esa dimensión. No para permitir, claro está, reencontrar una pureza perdida. Pero es posible que “comunismo” todavía permanezca como la manera de nombrar lo otro del individualismo. ¿ Pero qué tipo de tensión podrá nacer del hecho de que el comunismo es también, el apelativo con el que se reivindica la segunda potencia económica mundial ?

O. A. – Es interesante seguir ese hilo en la especificidad latinoamericana (una especificidad que naturalmente debemos interrogar y no dar por supuesta) de las maneras de recordar-conmemorar-pensar la significación histórica de la Revolución Rusa y la aparente universalidad de los lenguajes que utilizamos. Por fortuna las mejores formulaciones del enfoque postcolonial, como en Dipesh Chakrabarty, subrayan bien la imposibilidad de eludir los conceptos forjados en la historia europea : democracia, justicia, igualdad, revolución, contra-revolución, entre otros5

 Regresando a la revisión que he realizado, quisiera insistir sobre el desequilibrio entre los estudios particulares y la ausencia de reflexiones más amplias. He dicho que los trabajos incluidos en esos dossiers son en general buenos, interesantes. De hecho a varios de los colaboradores en los dossiers los hemos encontrado entre colegas asistentes al coloquio de Cergy…

La idea general que señalé más arriba se encuentra, expresada de otra manera, en consideraciones introductorias del dossier de la revista Claves. Allí sus responsables, la historiadora uruguaya Magdalena Broquetas y el historiador, también uruguayo pero actualmente con base en la Universidad de Tel Aviv, Gerardo Leibner, reconocen con justicia el valor de los trabajos incorporados en el número. Sin embargo, agregan dos parágrafos que a mi juicio ameritan ser reproducidos pues son aplicables a los otros dossiers que he leído. Broquetas y Leibner sostienen que además de sus virtudes, tales trabajos:

« reflejan también lo que nosotros, los coordinadores, consideramos como una de las principales limitaciones de la historiografía existente: la desconexión entre dos campos que generalmente son estudiados por separado a pesar de que, como señalamos al inicio, han estado históricamente ligados e interrelacionados. La lucha política e ideológica los ha unido obviamente y a pesar de tener fuentes de inspiración externas a sus rivales locales e inmediatos, partidos comunistas y fuerzas anti-comunistas nacionales han impactado unos en otros y viceversa, replicando a veces actitudes, argumentos, temas de interés, formas de difusión propagandística y moldeándose mutuamente en una relación dialéctica. Anotamos esto no como conclusión de investigaciones que aún no se han desarrollado suficientemente, sino como una hipótesis que debería contrastarse empíricamente en futuras investigaciones y, a la vez, podría contribuir a repensar temas y problemas que se han desarrollado por carriles separados, sin una conexión evidente.

Otra limitación expresada por las contribuciones aquí incluidas es la tendencia aún predominante en los países latinoamericanos a los estudios del comunismo y el anti-comunismo en una dimensión nacional, con insuficientes incursiones en las dimensiones internacionales y latinoamericanas. Esta reciente preocupación por la recepción y traducción de ideas globales en escalas nacionales o regionales se beneficiaría de abordajes que consideraran espacios más amplios, que permitieran apreciar simultaneidades, regularidades y peculiaridades, brindando, a la vez, un escenario más completo y complejo para la reconstrucción de redes y circuitos de alcance transnacional. Sin dudas, una línea de investigación con estas características supone un esfuerzo colectivo y un desafío heurístico e interpretativo que esperamos haber contribuido a visibilizar. »6

Perdón por la extensión de lo citado, pero encuentro útiles esas consideraciones, en cualquier caso a propósito de la importancia de exceder al marco nacional, o incluso, si queremos imprimirle más sofisticación al asunto, incorporando la cuestión de los juegos de escalas. De hecho, y para eso algunos estudios incorporados a los dossiers latinoamericanos son de gran utilidad, tampoco el alcance nacional es autoevidente. Por ejemplo, es diferente la « recepción »  del acontecimiento revolucionario ruso en una ciudad cosmopolita como Buenos Aires y en otra ciudad de tradiciones diferentes como en la también argentina ciudad de Córdoba, o en Río de Janeiro y en Belo Horizonte. En efecto, podríamos ver las maneras en que se desarrolló la producción de textos a propósito del centenario de la Revolución Rusa como un índice de los problemas en la expansión latinoamericana de las propuestas ligadas a ese conjunto complejo que caracterizan a la historia global, mundial, entrecruzada, etcétera.

 

C. M. H. – Más allá de las rigideces actuales del campo académico, me parece que una parte de este desequilibrio viene del hecho de que esta nueva historia debe enfrentar el obstáculo que durante mucho tiempo representaron los relatos oficiales de los partidos comunistas. Quizás el acento sobre figuras intelectuales “creativas” venga también en parte del hecho de que las prácticas de los partidos comunistas estalinizados condenaban este tipo de apertura. Creo que todavía no se ha comparado al tipo de dirigente comunista que ha prevalecido durante cierto tiempo en América Latina –al menos en Argentina– con el modelo de líder que se encuentra en Europa en ese mismo período, encarnado en hombres como [Ernst] Thälmann en Alemania o [Maurice] Thorez en Francia. En todo caso, el eterno retorno de [José Carlos] Mariátegui (o en otra escala, de Aníbal Ponce) participa de este dato. Pero no creo que se trate únicamente de una tendencia que se explica por un entusiasmo por la historia intelectual: los nuevos aportes sobre [Julio Antonio] Mella, por ejemplo,  me hacen pensar que lo que está en cuestión es sobre todo ese antiguo relato comunista que ha tenido tanto peso en el pasado. Un día habría que explorar más de cerca el contenido de esa historia y el aparato impresionante de publicaciones, editoriales y librerías que el comunismo desplegaría en esos años.

En efecto, para esta especificidad podríamos contentarnos con considerarla como punto de partido empírico, a lo sumo como hipótesis de investigación. Es claro, como decía Chakrabarty, que se trata de perturbar, trastornar, un relato del que ya no podemos separarnos… Pero yo insistiría sobre el interés de esta mirada latinoamericana: los trabajos que ya pudimos realizar con motivo de nuestro encuentro sacan a la luz, con los límites propios de su formato, ciertos aspectos de la Revolución Rusa que la historiografía existente había tenido más dificultades para captar. No es casual que este relato que insiste en la dimensión violenta, incluso criminal, de la experiencia comunista provengan de la zona europea. Para ser un poco provocador, estaría tentado de ver en ese abordaje una inclinación natural, por el simple hecho de que conecta –y desde cierto ángulo puede prolongar– con una historia europea en la que el genocidio, el crimen de masas, los campos, la criminalización del enemigo, etc., son conceptos decisivos para comprender la propia historia política de la Europa de los siglos XIX-XX.

En América Latina, en particular después de 1917, estas acciones han estado asociadas generalmente con dictaduras militares de derecha o de extrema derecha, en gran medida como reacción a la experiencia soviética que se integra en esa Doctrina de Seguridad Nacional, que alcanzará un cariz específico con Cuba a comienzos de los años 1960s. Pero ya mucho antes: acordate que la primera gran represión de una huelga obrera en Argentina tras la “normalización democrática” de 1912, con los asesinatos cometidos por las fuerzas parapoliciales, los pogroms, etc. en el verano del ’19 a partir de la huelga en los talleres metalúrgicos Vassena, está marcada por el temor maximalista.

Junto con este aspecto, como en un juego de espejos, tal vez exista un riesgo latinoamericano homólogo, muy visible en ciertas investigaciones actuales, que consiste en encerrarse demasiado en el par comunismo-anticomunismo como foco.

En todos los casos existen por lo menos dos maneras de superar el marco nacional de la escritura de esta historia que querría señalar: por comparación o por articulación de experiencias. Se me ocurre que vos te inclinas, si entiendo bien, por la segunda perspectiva. En todo caso, aquí se ve que el significante “América Latina”  no puede tomarse como evidente. Las experiencias, las temporalidades, son distintas entre los diferentes países, incluso siendo vecinos. Tomemos el Cono sur, el área que conozco un poco mejor. Entre Uruguay y Argentina podríamos encontrar algunas semejanzas respecto a la experiencia comunista, pero cuando agregamos a Chile, esto cambia la perspectiva de manera muy decisiva. Ni hablemos si, además, incluimos a Brasil, o incluso a Bolivia… Pero aquí el concepto de « cultura política »  puede mostrarse productivo para examinar experiencias tan distintas y desfasadas. ¿ Estarías de acuerdo, o este quedaría incluido en la crítica que le haces a una cierta reconstrucción en términos de historia intelectual ?

O. A – Comparto lo que señalás en torno a la escala nacional, o pretendidamente nacional pues en general se ha centrado en las ciudades capitales, de la historia de los partidos comunistas (sabemos de la existencia de numerosos trabajos en curso orientados a iluminar otros espacios que ayudarán a superar esa centralidad de las grandes ciudades, una peculiaridad que no es exclusiva de la historia de las izquierdas). En efecto, ese es un problema si se regresa a las « eficacias »  de la Revolución Rusa para sus posterioridades. Se trata de una dificultad porque una construcción teleológica pierde de vista que la vía abierta por el acontecimiento de 1917 estuvo en disputa al menos hasta que el Ejército Rojo ingresó en Berlín en 1945. Si vos queres también estuvo disputada después de 1945, pero el « prestigio » de la Unión Soviética fue identificado con los partidos comunistas.

El ejemplo más claro de la complejidad de la disputa por la herencia de 1917 es el del trotskismo, pero también se la encuentra en anarquistas, o corrientes marxistas heterodoxas tales como el consejismo y el luxemburguismo, así como también izquierdas más liberales o socialdemócratas, para las cuales el triunfo bolchevique (o stalinista, según los casos) venía a malograr una revolución emancipadora. Los estudios recientes que seguramente con injusticia he llamado « monográficos »  son instructivos respecto de la diversidad de maneras de leer el fenómeno ruso según las diferentes tradiciones ideológicas.

Ahora bien, la centralidad « nacional »  es históricamente problemática pues, si bien no siempre es sencillo coincidir con planteos excesivamente dicotómicos, ha sido un debate ya viejo – pienso en las tesis de Annie Kriegel y en la discusión que generó – el de si el movimiento comunista era un « partido mundial »  regido desde Moscú o si, más allá de las identidades imaginarias, las prácticas concretas estaban definidas en los ámbitos locales. Entiendo que en América Latina ha prosperado esta última variante.

Es indudable que la noción de un « oro de Moscú », creada por las corrientes nacionalistas y anticomunistas para las cuales la revolución anticapitalista era un fenómeno exógeno y ajenos a las virtudes nacionales, es insuficiente para explicar la influencia de lo que no solo desde los partidos comunistas se pensó como la « patria de la revolución ». Como vos decís, las experiencias históricas del cono sur varían significativamente. La Revolución Rusa y sus derivaciones en la Unión Soviética no eran los mismos para Luis Emilio Recabarren en Chile que para Victorio Codovilla en la Argentina o Luís Carlos Prestes en Brasil. De hecho, la Tercera Internacional no pudo definir una « estrategia »  válida para toda América Latina sino hasta 1929 (dejemos de lado si una decisión adoptada en un cónclave en Buenos Aires fue luego efectiva en las prácticas específicas).

Es que esas definiciones eran muy genéricas y mal informadas sobre las condiciones nacionales y continentales. No deberíamos sorprendernos demasiado al respecto porque también los estados-nacionales latinoamericanos tenían conocimientos deficientes, por ejemplo respecto de la urbanización e industrialización, la estructura y composición de clases sociales, la transformación de las relaciones entre campo y ciudad, etcétera. Además están las prácticas concretas que interesan particularmente a la historiografía. Por caso, con su mirada etnográfica sutil, el estudioso peruano-mexicano Ricardo Melgar Bao dio relieve a la experiencia de algunas comunicaciones con la Tercera Internacional por parte de la Federación de Comunidades Indígenas de Bolivia, Perú y Argentina, organización de orientación predominantemente anarquista, en los años 19207 . Es un dato menor si se quiere, pero que con todo puede ser incorporado a una trama más extensa donde el caso Mariátegui (y el de Tristán Maroff) pierde rareza, y permite resituar algunas presunciones respecto de la exterioridad o cosmopolitismo del comunismo, la reducción de su alcance a los aparatos bolchevizados, y desde luego el plano nacional sobre que estamos dialogando.

Con todo, el hecho de que las izquierdas mundiales, incluidas las latinoamericanas, vieron transformadas sus agendas y desafíos desde 1917, parece indiscutible. Vos lo conoces bien para el caso de los partidos socialistas. En síntesis, me resisto a elegir entre las dos maneras de desnaturalizar el marco nacional que mencionas: por comparación y por articulación (quizás yo hablaría aquí de redes, contactos, transmisiones, flujos). En América Latina se están realizando esfuerzos por establecer redes de investigación a nivel continental. Espero que esos esfuerzos prosperen y nos ayuden a diseñar problemas más complejos, capaces de dialogar con las pesquisas en curso en otros ámbitos. Por ejemplo, una historia de los efectos diferenciales en lo que llamas « las culturas políticas »  de las izquierdas en América Latina y en Asia sería extremadamente sugerente.

Quisiera tomar en todo su alcance el concepto de « culturas políticas », diferenciándolo de líneas ideológicas compactas y de un empirismo de las diferencias informes. Entiendo que « culturas políticas »  aspira a conceptualizar la complejidad históricas de transformaciones producidas en varios planos e identificables en la acción práctica de los actores, grupos, organizaciones.  Si podemos acordar una definición, creo que deberíamos inscribirla en un doble movimiento que permita reconstruir el escenario desde el que hablamos: el de las mutaciones político-intelectuales en las ciencias sociales y humanas en América latina luego del cierre del ciclo de las dictaduras (grosso modo 1964-1990). Me refiero a las maneras de darse el « fin de la historia », como signo de la derrota y declinación del lenguaje y la práctica « revolucionarias »  que supo gozar de una mejor fama en la vida intelectual occidental durante la década de 1960 y un tramo de la de 1970.

Las características de las vías latinoamericanas, creo, fueron distintas de las europeas. Por un lado, si bien después de las dictaduras la noción de revolución cayó en un amplio descrédito o, en todo caso, persistió en el lenguaje conceptual de una fracción menor de los intelectuales, al mismo tiempo la idea de lo revolucionario fue menos identificada con el Terror propio del movimiento transformador. Quizás la excepción es el caso de Sendero Luminoso en Perú, visto como un grupo sumido en el delirio y la violencia ciega. Pero si bien se ha discutido, por ejemplo, cuánto contribuyó la guerrilla guevarista a la justificación de las dictaduras contra-revolucionarias (pienso en la Argentina y el Uruguay), no es el caso del Chile de Allende y tampoco del Brasil de João Goulart. El terror en América latina fue más bien identificado con la represión estatal. De allí la conexión entre izquierdas y « derechos humanos »  que caracteriza a América Latina al menos durante los últimos cuarenta años. Por otro lado, la historiografía de las izquierdas, aunque ha retenido una relación ambivalente con el marxismo, continúa en un vínculo más o menos estrecho con dicho marxismo, el que sin duda es utilizado de maneras diferentes.

En síntesis, me parece que podemos incorporar productivamente la noción de culturas políticas para desagregar las experiencias latinoamericanas, no solo del comunismo o los PCs, sino también de las maneras en que se ha recordado a la Revolución Rusa. Diferencias, sí, pero también la persistencia de categorías universalistas entre las que la revolución no reenvía necesariamente al campo de la locura o el mesianismo. No se encuentra en los dossiers ni en general en las publicaciones académicas desperdigadas en numerosas otras revistas latinoamericanas recientes, artículos como el aparecido en una revista de una fundación liberal-conservadora chilena, el Centro de Estudios Públicos, de la autora rusa Evguenia Fediakova, donde se encuentra una adhesión completa y explícita al enfoque de Furet sobre el significado pretérito de la « idea comunista »8 .

Siento un cierto malestar, sin embargo, respecto del interés de consideraciones muy generales. Me interesa entonces preguntarte, pues como uno de los organizadores del coloquio de Cergy seguramente tienes una visión a la vez más precisa y más amplia. ¿ Cómo observas el panorama a la luz del coloquio y otras informaciones que hemos recogido para esta conversación ? Las conmemoraciones académicas de la Revolución Rusa por parte de investigadores latinoamericanos y algunos otros que conocen bien América latina, ¿ han generado resultados prometedores ?

 

C. M. H. – Si hay resultados promisorios –y con Eugénia queremos creer que existen– son, desde luego, del orden de lo provisorio… Justamente, en nuestra introducción partimos de la constatación de que ya existe no tanto un paradigma nuevo, que vendría a reemplazar a las antiguas interpretaciones liberales o soviéticas que marcaron la historiografía del siglo XX, sino más bien una convergencia de preocupaciones y cuestionamientos, que buscamos hacer un poco más visible. En todo caso, están ligados a esta nueva temporalidad que quizás abra el Centenario de la Revolución de 1917, como punto de partida, o al menos como primera cristalización de investigaciones que comenzaron en la segunda mitad de los años 1990s, marcados por el final de la experiencia soviética, no sólo en el plano político sino también en cuestiones más técnicas (como el acceso a los archivos moscovitas).

En cierto modo el libro explicita al menos dos temporalidades diferentes –a las que sólo se las puede presentar como un todo a costa de simplificaciones–, antes y después de 1945, que significan también antes y después de 1962, y que se pueden observar particularmente bien en América Latina.

Un abordaje desde América Latina, y quizás desde el Global South en general, es interesante en la medida en que discute – “trastorna”, dijimos – la cartografía Este-Oeste, u Oriente-Occidente, que tanto ha marcado las perspectivas metahistóricas de la historia de la Revolución Rusa… Nosotros presentamos un conjunto de trabajos que alimenta una mirada trasnacional, alejada de las visiones centro-periferia, que permiten diseñar de forma más precisa la parte de América Latina en una historia global del comunismo.

Y dado que se trata de hacer la historia de América Latina a partir lo que abre octubre de 1917, el primer aporte del libro, me parece, es alterar las continuidades habituales entre la historia de la Revolución Rusa y la historia de los partidos comunistas, aunque sólo sea porque los efectos atraviesan a toda la izquierda (y a toda la derecha…) de la época, y no se detienen con la conformación de los partidos comunistas y de una nueva Internacional. El país de los soviets es un dato con el que deberán contar los partidos de izquierda, a la derecha o a la izquierda de los PCs. Cuando se la aborda desde este ángulo, sin siquiera salir de la historia política, aparece la importancia de momentos considerados como menos significativos en las reconstrucciones hechas anteriormente, o completamente absorbidas en las discusiones comunistas propiamente dichas.

En lo que hace a la recepción comunista propiamente dicha, hemos intentado romper con todo relato lineal, particularmente aquel que presuponía un control masivo y sin fallas de Rusia, y luego del PCUS, sobre los partidos locales, insistiendo ahora en las fallas, las marchas y contramarchas, las dificultades y resistencias, la presencia de elementos heterogéneos en la reconstrucción de una cultura, al menos en sus primeros momentos.

La referencia soviética en sentido estricto, adquiere en nuestras investigaciones un estatuto diferente, a la par que se introduce una temporalidad heteróclita. En particular, su significación política cambia nítidamente luego de producida la Revolución Cubana. Es aquí donde el anticomunismo hunde, sino sus raíces, al menos su lógica, que hoy en día continúa actuando –una especie de “anticomunismo sin comunismo”, como muy bien dice Maud Chirio en su capítulo sobre el Brasil de hoy–. En todo caso, en nuestro libro intentamos explorar otras dimensiones del modelo soviético, como la vida familiar, la vida cotidiana o la masculinidad, experiencias que no están ligadas directamente a la estrategia política de los PCs.

En definitiva, se podría pensar que tomamos a la conmemoración como un nuevo espacio más que una celebración, como una apertura. Incluso podríamos decir que implica una doble inscripción cronológica: los cien años de la Revolución de Octubre, desde ya, pero también los treinta años de la caída del Muro de Berlín… En este sentido, se trataría quizás de ir en contra del presentismo que, entre otras cosas, ha dado a entender que esta historia había perdido su relevancia tras la caída del proyecto soviético, o que solo se la podía considerar bajo el signo de la catástrofe…

O. A – Entiendo que regresamos por caminos diversos al mismo conjunto de problemas. Más arriba aludías al fin de la Unión Soviética y al cierre del Sattelzeit koselleckiano. Creo que aunque no abordamos el tema explícitamente, de alguna manera estuvimos hablando de si la cronología y explicación de la Begriffsgeschichte (en suma, la « época de la modernidad ») es transladable a un ámbito más extenso que las fuentes utilizadas por Koselleck, que son básicamente francesas, inglesas y alemanas. Al respecto soy escéptico. Creo que en términos de los problemas que se planteó y el modo de encararlos, Koselleck fue un pensador europeo. Eso es evidente, pero no siempre lo es desde América Latina, donde hallamos aplicaciones directas de sus tesis. Es suficiente con reconstruir las maneras en que se dio la « Ilustración »  en la América colonial para observar un panorama bastante diferente. Por eso aludí más arriba al « giro decolonial ». No tanto para asumir sus premisas, o sus versiones más esencialistas, como para subrayar el gesto adecuado de repensar las cronologías apresuramente universalistas.

Luego vimos, en ese marco, que la « historia »  de la revolución está lejos de reducirse, como querían ambas partes de la Guerra Fría, a la Revolución Rusa y su derivación « soviética ». Los alcances de esa « historia »  excede los usos polémicos del término « comunismo ».

Las historias latinoamericanas parecen relevantes para pensar eso. Tanto por la importancia de otras revoluciones, sean las independentistas de principios del siglo XIX, sean las « populistas » y la singularidad de la Revolución Cubana. En tal sentido es ilustrativo un ejercicio realizado hace algún tiempo por Friedrich Katz sobre el papel del Terror en la Revolución Rusa y en la Revolución Mexicana. El resultado fue poco iluminador porque Katz se vio conducido a reiterar en demasiadas oportunidades que el concepto era muy diferente en cada caso9 . Menciono el texto de Katz para incorporar una referencia a la Revolución Mexicana, la que a mi gusto ha contado con las discusiones conceptuales e historiográficas más profundas. Es posible que todavía nos encontremos imposibilitados de desarrollar una discusión similar respecto del caso cubano.

Como sea, una primera inferencia que quisiera proponer es la importancia de situar las eficacias de la Revolución Rusa en una trayectoria latinoamericana donde los fenómenos revolucionarios fueron al mismo tiempo generales y específicos. Por ejemplo, las revoluciones independentistas han sido situadas dentro de un ciclo « atlántico »  de la revolución. La Revolución Cubana no es separable de un ingreso de lo que hace décadas se denominó, tras la reunión de Bandung en 1955, el « Tercer Mundo »  al escenario global de la Guerra Fría. Desde esa complejidad constituyen condiciones de recepción singulares. Respecto del centenario del acontecimiento de 1917 que nos convoca, creo que requerimos superar la dicotomía entre la « historia externa » de una revolución que afecta desde afuera a una realidad ajena y una « historia interna » de las recepciones latinoamericanas.

Los materiales para hacerlo no son escasos. Recuerdo, para volver al coloquio de Cergy, el trabajo de Rafael Pedemonte en que afirmaba la insuficiencia de reducir los debates de las izquierdas latinoamericanas a la dicotomía de la Guerra Fría. Rafael muestra la interacción compleja entre varios actores, orientaciones y concepciones, en base a la consulta de archivos en varios países, en una reconstrucción de debates multilaterales de las izquierdas. Tiene razón porque el « foquismo », irreductible al « castrismo », se lleva mal con una idea simplificada de que la política soviética de la « coexistencia pacífica »  regiría los destinos de un sector de la izquierda latinoamericana. Por otra parte, la estrategia « foquista » no impidió a la dirigencia cubana descubrir en el gobierno socialista de Salvador Allende un camino alternativo hacia un mismo desenlace revolucionario. Defender a la Unión Soviética como el resultado de la Revolución Rusa y poseer vínculos con el Kremlin no involucraba someterse sin matices a sus dictados.

Es un ejemplo, entre muchos otros que aquí no hemos explorado adecuadamente, pero que de conjunto sugieren la eventualidad de una revisión prometedora de una relación más activa, con el mundo histórico de esa Revolución Rusa que ciertamente « ha pasado », pero que de alguna manera en su carácter pretérito sigue habitándonos. Dicho de otra manera, ¿ qué son las « ruinas » de la Revolución Rusa ?

Sintetizaría una tarea posible, colectiva, en términos de pensar cuáles son las posterioridades, en el sentido de lo nachträglich en Freud (que supone la multiplicidad de vectores temporales, con relaciones no siempre pacíficas entre sí), de la Revolución rusa en América Latina. Pero no estoy seguro que esa tarea matice demasiado el diagnóstico del presentismo. Quizás no siempre se pueda pensar lo que se quiere pensar.

C. M. H. – No sé si iría tan lejos hoy en lo que concierne a la discusión sobre el carácter de la Begriffsgeschichte y sus incompatibilidades con un giro decolonial… ¡ Es un verdadero debate ! Lo que me parecía interesante subrayar recién era la dimensión moderna del concepto de « revolución » que la semántica histórica había señalado, incluyendo esa idea de repetición, especialmente en su significación de « similitudes estructurales ». En mi opinión, pensar la Revolución Rusa en una trayectoria latinoamericana que se abriría en el siglo XIX o incluso a finales del siglo XVIII no implica una ruptura con la idea moderna… Como contrapartida, exige el esfuerzo de integrar en el concepto de revolución significaciones irreductibles a la experiencia europea. Es posible, después de todo, que esta especificidad latinoamericana de la cual yo hablaba más arriba se deba al hecho de que esa historicidad propia de la revolución en el continente –y que vos pareces resaltar especialmente en el capítulo que has escrito para nuestra obra–, haga a la noción moderna más compleja. Pero, a decir verdad, yo ubicaría esa irreductibilidad más bien en el siglo XX, especialmente con las experiencias populistas, más cerca del acontecimiento de 1917.

Después, si por « historia interna » vos querés decir latinoamericana, creo que de todas maneras se ha comenzado a avanzar en esa dirección. Pero esa trayectoria supone tomar algunas distancias con otra dimensión también interna, la comunista, tal como ha podido ser practicada. Para tomar el ejemplo que dabas, referido al capítulo de Rafael en nuestro libro, allí se propone una ruptura con el relato típico de la Guerra Fría.

¿ Esa temporalidad en términos de nachträglich que vos reivindicas no está teñida de un poco de la melancolía que encierran las posteridades (après-coup) ? No la que nos produciría el fin del sueño (comunista) sino aquella, tan diurna, de no lograr pensar lo que uno querría…

Unfold notes and references
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1

Juan Andrade y Fernando Hernández Sánchez (dir.), 1917. La Revolución Rusa cien años después, Madrid, Akal, 2017.

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2

Prismas. Revista de Historia Intelectual, n° 21 (2017) ; Avances del CESOR, vol. 14, n° 17 (2017) ; Estudios. Revista del Centro de Estudios Avanzados, n° 37 (2017) ; Claves. Revista de Historia, vol. 3, n° 5 (2017) ; Historia Crítica, n° 64 (2017) ; Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, vol. 44, n° 2 (2017) ; Tensões Mundiais (Edição Temática): 100 anos da Revolução Russa, vol. 13, n° 24 (2017) ; Estudos Históricos, vol. 30, n° 61 (2017).

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3

J. Canal, Historia mínima de Cataluña, Madrid, Turner, 2015; F. Furet, Le passé d’une illusion. Essai sur l’idée communiste au XXe siècle, Paris, Robert Laffont/Calman-Lévy, 1995.

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4

C. M. Herrera, E. Paliéraki (dir.), La Revolución Rusa y América latina: 1917 y más allá, 2019.

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5

D. Chakrabarty, Provincializing Europe: Postcolonial Thought and Historical Difference, Princeton, Princeton University Press, 2000.

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6

M. Broquetas y G. Leibner, « Presentación » , Claves: Revista de Historia, vol. 3, n. 5, 2017, p. 4-5.

Retour vers la note de texte 7034

7

R. Melgar Bao, Historia del movimiento obrero latinoamericano: Historia de una clase subalterna, México, Alianza Editorial Mexicana, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1990, p. 224.

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8

Evguenia Fediakova, “Revolución Rusa y América Latina: una promesa incumplida”, Estudios Públicos, nº 149, 2018.

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9

F. Katz, « El papel del terror en la revolución rusa y en la revolución mexicana », Istor, vol. 4, n° 13, 2003, p. 80-98.

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